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Con escasa asistencia de niños y un sobrado patrocinio, los Reyes Magos del gobierno capitalino regalaron a los niños un montón de... saludos y un desfile desangelado en una mañana fría donde los villancicos sonaron fuera de tiempo.
Sin banderazo de salida, minutos después de las 10 de la mañana,
 un elefante, un camello y un caballo inmóviles arriba de una camioneta iniciaron el recorrido en el Paseo de la Reforma.
Sus jinetes —Melchor, Gaspar y Baltasar— iban retrasados, pero no en tiempo, sino en espacio.
Antes que ellos pasaron tres turibuses vacíos y un camión de la basura de la delegación Coyoacán.
Luego ellos, en un remolque de decía: “de la ciudad, lo mejor”.
Le siguió otro carro alegórico con una marca de leche y dos niños que saludaban con poco éxito. Atrás, unas botargas sentadas en el techo de una camioneta que de milagro no se caían con sus enormes cabezas.
De entre los escasos asistentes, los que sonreían eran los niños impactados por los papeles de colores que volaban y la música navideña.
Los tambores y trompetas de la banda de guerra de la policía capitalina alertaron a algunos que estaban distraidos inflando los globos rectangulares que regaló una empresa refresquera patrocinadora. Quienes se ganaron los mayores aplausos fueron los motociclistas del escuadrón de acróbatas de la policía capitalina.
Con pirámides, derrapones, giros sobre su propio eje y el humo desprendido del escape de sus máquinas, eran multifotografiados con celulares.
“Aviéntenos algo”
Mejor instalados, en un tranvía turístico de donde colgaban algunos juguetes, iban otros Reyes Magos. A sus lados, bailaban una galleta gigante y una caja de regalo con cabeza y piernas de mujer. “Traíganme unas trocas”, gritó un niño. “Aviéntennos los regalos”, secundó una pequeña.
“Queremos las pelotas”, pedían unas mamás a los Magos. Pero sin magia alguna, ellos sólo decían “hola” con una sonrisa poco convincente.
En el cruce de Reforma e Insurgentes, un niño santaclós, de traje sucio y ojos tristes, debió parar sus malabares entre semáforo y semáforo para que pasara el contingente. A él no le hizo ilusión el paso de los Reyes Magos.
En un disco rayado se escuchaban las ardillitas que deseaban en inglés una feliz Navidad, aunque fuera una semana después de esta celebración.
El contingente más largo fue el de los alebrijes del Museo de Arte Popular que ya son tradicionales en cualquier desfile del gobierno de la ciudad. Uno de ellos era “viviente” pues sus entrañas las movía una mujer que dio un paso en falso y cayó.
El carro alegórico más reconocido fue el de un supermercado cuyo personaje apenas lograba sostener sus calzones de luchadora. “Mira papá, es mamá Lucha”, gritaba una niña.
La mirada del mayor estaba más en las dos edecanes de ajustados pantalones blancos y gafas oscuras —a pesar del día nublado— que bailaban al ritmo de cumbia y escuchaban el “bizcochos” “mamacita” y los chiflidos.
Algunos empleados de la Secretaría de Protección Civil aplaudían al —Civilín— (mascota de esta dependencia), para que bailara el meneíto y chocara las palmas con los niños y papás que encontraba a su paso.
Una familia de turistas panameños comentó que el desfile fue “muy lindo y bien organizado; en nuestro país no hacen cosas como estas”. Era la primera vez que venían al Distrito Federal.
CREDITO: ELUNIVERSAL.COM.MX / FOTO: ESMAS.COM |